Hay una pregunta que cada vez más afiliados nos hacemos en voz baja, en los batzokis y en conversaciones privadas:
¿Para qué estamos en Madrid si Madrid no cumple con Euskadi?
Durante muchos años hemos defendido -y con razón- que la presencia del Partido en el Congreso y en el Senado servía para proteger el autogobierno, el Concierto Económico y los intereses del País. Ese fue el sentido del llamado “nacionalismo útil”. Pero esa lógica solo funciona si hay una condición básica: que la otra parte cumpla lo pactado.
Y hoy esa condición ha llegado a un punto en el que hay que actuar.
Las transferencias pendientes se eternizan, la gestión de la Seguridad Social sigue bloqueada, la política penitenciaria se aplica a medias, el euskera no es respetado en las instituciones del Estado, y la inversión en infraestructuras se usa como moneda de cambio política. El Concierto Económico se ve sometido a interpretaciones cada vez más restrictivas. No son hechos aislados: son incumplimientos sistemáticos.
Y, sin embargo, el Partido sigue comportándose como si nada pasara. Votamos presupuestos, sostenemos gobiernos y contribuimos a la estabilidad del Estado.
El mensaje que se envía es claro: aunque no cumplas, seguimos aquí.
Eso convierte el incumplimiento en algo rentable para España Si no hay coste político, no hay razón para cambiar. Y así, poco a poco, Euskadi pasa de ser un sujeto político con derechos pactados a convertirse en una Comunidad Autónoma que protesta, pero no actúa.
Por eso creo necesario plantear algo que hasta hace poco parecía impensable: dejar de enviar a nuestros diputados y senadores a España, salvo cuando se traten asuntos que afecten directamente a Euskadi. No se trata de romper con nada ni de hacer gestos vacíos. Se trata de retirar legitimidad política a un sistema que no cumple su propio contrato con este País. En política, estar es una forma de aceptar. Y no estar es una forma de decir que así no.
Un escaño vacío, por decisión política, hace más ruido que muchos discursos. Obliga a explicar, a negociar, a reaccionar. Y cuando hablamos de poder, el conflicto político -bien fundamentado- es la única herramienta que de verdad funciona con está gente.
La militancia lo entendería. Porque lo que está en juego no es solo una lista de transferencias: es la credibilidad del proyecto político del Partido. No podemos convertirnos en un gestor amable del Estado. Tenemos que seguir siendo lo que siempre hemos sido: el representante político de un Pueblo con derechos propios.
El autogobierno y el camino a la soberanía plena no se defiende solo con palabras. Se defiende con decisiones.
Y todo esto ocurre, además, cuando se nota en el ambiente que llegan las prisas. Se acercan elecciones y no hace falta que nadie lo confirme: se ve en los movimientos, en los mensajes y en cómo empiezan a colocarse las piezas. Otegi ya está lanzando propuestas y posicionamientos que, nos gusten o no, tendrían que analizarse en la Asamblea Nacional del Partido, al igual que el debate sobre dejar de acudir a España, que es quien debe decidir si son oportunas o no, y no descartarse por la vía rápida por parte de Aitor Esteban, que no tiene esas atribuciones aunque a veces lo parezca.
Dicho esto, comparto buena parte de lo que ha dicho Esteban sobre la propuesta de Otegi. Pero aun así creo que merece la pena abrir una reflexión sobre la idea de un frente abertzale, aunque solo sea para frenar la deriva de Sortu -siendo EH Bildu, en la práctica, el paraguas bajo el que se amortiguan y se hacen digeribles esos cambios ideológicos- hacia posiciones cada vez más plurinacionales. Una deriva que, al calor de su sintonía creciente con los partidos del Estado y de su integración cómoda en la gobernabilidad española, está alejando a ese espacio del eje soberanista y debilitándolo como proyecto nacional. A este paso, no sería raro que un día veamos a Sortu ocupando algún ministerio.
Ese debate también sobre la propuesta de Sortu, en todo caso, debería darse donde toca: en la Asamblea Nacional.
Pero miremos a nuestra propia casa. Se ve venir que en cualquier momento pueden convocarse elecciones al Congreso y al Senado y, sin embargo, en el Partido no hay movimiento. No hay asambleas, no hay debate, no hay procesos para hablar de candidaturas. Y cuando eso ocurre ya sabemos cómo acaba: prisas, llamadas, despachos y listas cerradas.
Eso pasa en otros partidos y siempre lo justifican igual. Pero nosotros no somos otro partido. Somos el Partido, con 135 años de historia, y llevamos por lo menos una década perdiendo base social y estructura precisamente por habernos ido alejando de los principios que nos hicieron fuertes.
Ahora bien, si se opta por cumplir con lo que se dice públicamente, hay que hacerlo de verdad. Aitor Esteban ha insistido más de una vez en que el Partido se debe a sus bases y a su afiliación, y en que las decisiones importantes tienen que pasar por las asambleas y no resolverse en cuatro llamadas. Si creemos eso -y yo creo que sí- entonces toca aplicarlo también ahora: convocar asambleas con tiempo, abrir el debate, permitir que la afiliación proponga y decida, y no usar la urgencia como excusa para volver a lo de siempre.
Si se va a ir a asambleas, que sea de verdad:
- Sin chuletillas.
- Sin asambleas de pega.
- Sin apoderados que votan lo que ya les han dicho sin haber celebrado las asambleas correspondientes.
- Sin la presión de cargos internos y cargos públicos para votar a uno u otro.
- Sin presiones para que posibles candidatos y candidatas abandonen la opción de presentarse.
También habría que dejar de pensar que la afiliación no está “preparada” para elegir. ¿Preparada según quién? ¿Según un tribunal que no conocemos? ¿O según los mismos de siempre, con los mismos currículums y los mismos recorridos? Entre miles de afiliados tiene que haber gente válida para asumir responsabilidades y dar rotación. Pensar lo contrario es despreciar a la base.
Y la base lo nota. Cuando ve estas maniobras, se desmoviliza. No porque no le importe el Partido, sino precisamente porque sí le importa: porque se apuntó para participar, no para que le den todo hecho como a un crío al que solo le piden que levante la mano.
Si seguimos como hasta ahora, el desgaste en la organización y en la militancia acabará reflejándose en las urnas. Y entonces, como siempre, nadie se hará responsable.
Por eso también hace falta renovar. Dar paso a gente joven, a otras formas de hacer política, a otras ideas. Si no hay alternancia ni aire nuevo, el Partido se queda viejo por dentro, aunque le acompañen las encuestas.
Todavía estamos a tiempo de hacerlo mejor. Luego no valdrá decir que no se veía venir.
Notas: De acuerdo con los Estatutos del Partido,
Corresponde al Euzkadi Buru Batzar:
- Ejecutar los acuerdos adoptados por la Asamblea Nacional y, en tanto esta no se encuentre reunida, ejercer la dirección política general de EAJ-PNV, manteniendo informada a la Asamblea Nacional.
- En la práctica, esto significa algo muy simple: basta con convocar la Asamblea Nacional para que los grandes debates políticos -como la posición ante España o las alianzas estratégicas- vuelvan al órgano que realmente debe decidirlos.
Es competencia de la Asamblea Nacional:
- La dirección política general de EAJ-PNV.
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