La política no se rige por turnos ni por horarios estrictos. Las reuniones se alargan, lo urgente aparece cuando no toca y los fines de semana se llenan solos. Quien acepta una responsabilidad -interna o pública- debería saber que, más de una vez, el partido o la institución se van a poner por delante de los planes personales. Eso forma parte del compromiso y conviene decirlo claro desde el principio.
Un cargo no es únicamente “trabajo”. Es también militancia. Y más allá del trabajo remunerado existe todo lo que no se ve: estar en el batzoki, hablar con la gente, acompañar a alderdikides, apagar fuegos y sostener la organización cuando no hay focos. Eso es lo que mantiene vivo a cualquier partido político.
En los últimos tiempos si se insiste mucho en la conciliación, también desde cargos públicos e internos. Es comprensible. Pero cuando ese argumento se convierte en el eje principal, el cargo -tanto interno como público, especialmente los remunerados- acaba viviéndose como un empleo con horario, mientras la militancia pasa a un segundo plano. Y desde ahí resulta muy difícil exigir compromiso a quienes no cobran ni tienen ningún tipo de liberación.
Sobre los sueldos conviene hablar claro. No se pagan solo por capacidad, sino por dedicación. Por eso, quien está liberado o percibe ingresos gracias al partido debería asumir más implicación, no menos. A mayor vinculación, mayor responsabilidad.
Con el tiempo también se aprende que volver al propio puesto de trabajo no es un fracaso, ni siquiera pasar una etapa sin empleo. Es más honesto que encadenar cargos o liberaciones solo para no perder un estatus. Todos hemos visto casos de personas que dejan la política activa pero siguen cobrando sin una función clara. Eso desgasta a la organización.
En el PNV, donde conviven liberados y no liberados, los horarios y las dinámicas deberían pensarse para los no liberados. Cuando todo se organiza al ritmo de quien tiene la política como jornada laboral, las decisiones se acaban tomando entre unos pocos y luego se trasladan al resto. Así se debilita un partido de base.
Tampoco es realista pedir implicación en las ejecutivas municipales si algunos cargos viven la política como un trabajo cómodo, con horarios reducidos y sueldos por encima de la media. Con ese ejemplo, pedir sacrificio al militante de base resulta incoherente.
El nivel de exigencia debería ser el mismo para los cargos internos y para quienes deben su puesto al partido. Y digo al partido, no a personas concretas que utilizan la organización para construirse pequeños cortijos de poder. Si el proyecto colectivo te ha llevado hasta ahí, algo hay que devolver: tiempo, presencia y trabajo orgánico. Confundir lealtades personales con compromiso político es uno de los atajos que más debilitan una organización de base.
Aquí conviene concretar. Bastaría con que cargos internos y públicos dedicaran una parte mínima adicional de su tiempo a la vida orgánica -por ejemplo, un 15 % más de dedicación real-. Con los niveles retributivos existentes, no es una exigencia desproporcionada. Por ejemplo, personas con responsabilidades institucionales o internas como Aburto o Ansola podrían, una vez atendidas sus obligaciones institucionales e internas, aportar tiempo a sus respectivas Organizaciones Municipales como uno más, reforzando la vida del batzoki y dando ejemplo de compromiso orgánico.
Además, el hecho de que algunos cargos públicos puedan compatibilizar su responsabilidad institucional con otros trabajos remunerados -catedráticos, txistularis o otras actividades- y dispongan de largos periodos de vacaciones deja claro que tiempo disponible hay. Si ese tiempo no se orienta a la militancia, al menos debería traducirse en una mayor aportación económica, que permita liberar o medio liberar a gente joven o, como mínimo, cubrir los gastos de militantes de poblaciones pequeñas. Y, dicho sea de paso, más trabajo de batzoki y menos selfis y postureo en redes, que no sostienen una organización.
Porque ese tiempo, hoy, no siempre se destina a la militancia, y eso tiene consecuencias. No hacen falta grandes inventos: hace falta presencia en el batzoki, trabajo en el municipio y compromiso real.
Todo esto influye directamente en el ejemplo que damos a la gente joven. Si lo que ven es poca dedicación y mucha protección del puesto, no podemos sorprendernos luego de la falta de compromiso. La gente joven se fija más en lo que ve que en lo que se dice.
Y ahora, cuando se abre el proceso de configuración de listas, conviene hablar claro. Debería hacerse en los batzokis, aunque demasiadas veces las decisiones se acaban tomando en despachos, algo que mucho me temo volverá a ocurrir, repitiendo un error grave que venimos cometiendo desde hace más de una década. A quienes se les proponga dar el paso -especialmente a cargos remunerados y liberados- hay que explicarles, por parte de cargos internos que prediquen con el ejemplo, desde el inicio qué nivel real de dedicación implica una candidatura y, en su caso, un cargo. No después.
Esto no es un trabajo con horario. Habrá fines de semana ocupados, disponibilidad y presencia constante. La militancia no es un complemento del cargo: forma parte de él.
Entrar en una lista no garantiza una carrera política ni una protección económica; se entra y se sale.
Mi humilde conclusión, después de muchos años, es sencilla: asumir un cargo implica renuncias personales y familiares, y también compromiso ideológico, no económico. Quien esté dispuesto a asumirlas, adelante. Quien no, también merece respeto. Pero conviene decirlo claro desde el principio, por el bien del Partido y de quienes vienen detrás.