I. Santoña: Doctrina y memoria… La comparación incómoda.
Markel Olano ha firmado recientemente en Grupo Noticias un repaso a uno de los episodios más controvertidos del nacionalismo vasco: el Pacto de Santoña. Y conviene decirlo sin miedo al habitual sectarismo doméstico: El artículo es bueno.
Doctrina jeltzale en vena. Incluso aunque lo haya escrito Olano, lo cual ya tiene cierto mérito. Reconocerlo es sano, más que nada, para no seguir cultivando ese cainismo interno que practica con más constancia que la propia doctrina.
Ahora bien, la cuestión incómoda aparece sola: Lo que hizo Ajuriaguerra hoy no se estila en el PNV. Y menos en una época donde la dirección parece más cómoda en la arquitectura institucional que en la confrontación y la diferenciación política.
¿Cuántos nos apuntaríamos hoy a una hipotética Euzko Gudarostea? ¿A resistir solos… mientras el Partido gestiona despachos, consejos y equilibrios en estructuras estatales?
De los Gudaris en Laredo… a confiar hoy en sumarios, unidades policiales y procedimientos para limpiar lo que antes resolvía la propia ética interna y la claridad moral del Partido. Una evolución, como mínimo, poco épica.
II. Seguridad, inmigración y buenismo administrativo.
Las declaraciones públicas del Consejero Seguridad ofrecen algo más que optimismo institucional: Revelan un diagnóstico insuficiente. Hablar de coordinación efectiva en Juntas de Seguridad que ni siquiera se reúnen roza la ficción administrativa.
En la práctica, ámbitos operativos clave dependen cada vez más del Ministerio del Interior español, mientras aquí se mantiene el relato fake del autogobierno pleno, y de la policía integral. Respecto a la información disponible en los servicios públicos, el problema no es solo técnico. Es, sobre todo, voluntad política de no aprovechar recursos y bases de datos disponibles.
Entre reticencias burocráticas y sistemas incompletos, el resultado termina siendo el mismo: Ceguera organizada.
Mientras tanto, la realidad europea apunta a riesgos que nadie debería trivializar: Procesos de radicalización, redes informales conectadas, y la posibilidad de células yihadistas dormidas esperando activación asimétrica. Pensar que nuestro entorno es inmune puede resultar tranquilizado pero difícilmente prudente. Cualquier conflicto moderno confirma que la clave es la inteligencia propia.
Aquí, sin embargo, se sigue dependiendo de estructuras ajenas mientras se invierten recursos en respuestas parciales, o en Macrocentros de Menas, sin una estrategia global reconocible. Contención hoy.... Problema mayor mañana.
III. Vivienda, ocupación y la “centralidad” en cuestión.
La portavoz parlamentaria en Madrid, Maribel Vaquero, reivindica el papel moderador y supuestamente “centrado” de EAJ-PNV. Lo hace, paradójicamente, pocos días después de apoyar una iniciativa socio-comunista que debilitaba la defensa de la propiedad privada.
La victoria presentada consiste en que, en segunda vuelta, algunos propietarios puedan continuar los trámites de desahucio. Un logro modesto para un principio que históricamente fue esencial. Porque la base social de EAJ-PNV no son grandes tenedores ni fondos especulativos de inversión: Son trabajadores y pequeños ahorradores que, tras décadas de esfuerzo, han construido un patrimonio mínimo para sus hijos. Cuando esa base percibe que el Partido ya no la protege, la centralidad deja de ser virtud y empieza a parecer, sencillamente un fraude .
IV. El partido que ya no garantiza.
El problema no es una ley concreta, una declaración desafortunada, o un error puntual. La cuestión de fondo es otra: Crece la sensación de que el PNV ha dejado de garantizar:
1. Coherencia con su memoria histórica.
2. Seguridad política real.
3. Defensa clara de su base social.
Y cuando un partido deja de ser refugio para convertirse únicamente en gestor de la política que otros desean (partido a partido, pero sin estrategia propia), es entonces cuando empieza a perder lo único que nunca jamás debería perder: SU ALMA.