Asier Abaunza lleva veinte años en su silla y, fracasado su intento de ser candidato a Alcalde, pretende quedarse en la importante Área municipal que controla ¿Por qué será? Lo mismo que Amaia Arregi, Itziar Urtasun y gente que pretende perpetuarse en un poder que les da su modus vivendi. Ya no se trata de servir a la Ciudadanía sino llevar la langosta a casa a costa del humilde afiliado que ha de pasar por todo. Mikel Hidalgo, a quien votaré, dará su talla cuando nos presente su equipo en serio y no como Aburto con esa mamarrachada de la Bruja Lola del cuaderno rojo.
Ocurre lo mismo con un PSE y PSOE que los analizó con bisturí Javier Pradera, la cabeza pensante de PRISA, que -también- buenos palos nos daba.
En estos momentos de conmoción por la reaparición de ostentosos casos de venalidad política, conviene revisitar, como diría un anglosajón, el libro de Javier Pradera: "Corrupción y política. Los costes de la democracia" (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores)". Se publicó en 2014, veinte años después de haber sido escrito, el lapso que medió entre su redacción y la aparición del manuscrito entre el copioso legado de textos, notas y papeles que el autor dejó tras su muerte. Solo se puede especular sobre por qué no lo publicó en su día.
Pero bajemos al texto, que es lo que importa. Antes que nada, conviene atender tanto al contexto en el que fue escrito como al de su publicación. El primero abarca el largo proceso de implantación de la democracia en el Estado, con la profusión de escándalos que afectaban sobre todo al PSOE en el Gobierno y también al PP, incluso al PNV; sin olvidar casos tan mediáticos como la trama Gürtel, Nóos Urdangarin, el Caso Bárcenas, De Miguel, o los de Andalucía.
Hitos temporales que nos remiten a momentos de especial sensibilización frente al fenómeno de la corrupción, algo que los vincula inevitablemente a la situación presente. Es como si la irrupción pública de estos escándalos y la atención que les prestamos fuera por olas, ciclos de tormenta mediática a los que luego sigue un periodo de calma. Pasamos, así, de la hipersensibilización a la indiferencia. Pero el la gangrena siempre estuvo y seguirá estando ahí, haya o no nuevos rebrotes de gran resonancia pública. Esto es precisamente aquello sobre lo que advertía Pradera, como bien dice el subtítulo del libro: La vanalidad política es una externalidad negativa de la democracia, tanto más propensa a hacer su aparición cuanto mayor sea la pasividad a la hora de atajarla y la debilidad de la armadura legal e institucional encargada de combatirla.
Ese fue el caso del primer período referido, aquel sobre el que Pradera se explayó con especial detalle, caracterizado por una expansión creciente del Estado y el gasto público y el progresivo asentamiento de los partidos en la todavía joven democracia, con sus progresivas necesidades de financiación y la correlativa tolerancia hacia conductas de dudosa rectitud ética. Porque, para empezar, cuando hablamos de corrupción nos referimos a un amplio abanico de conductas que comparten un rasgo común: la obtención de algún beneficio privado gracias a la posición que se ocupa en la estructura de poder, el desempeño de algún cargo público. Y, como es lógico, ofrece una variedad de supuestos pasmosa.
Pero hay otra corrupción y no menor y se asienta en la falta de democracia de los partidos fundamentalmente con la concentración del poder en los cogollos dedocráticos.
Y algo aquí sabemos del funcionamiento del Ortutxato. El PNV no era así pero llegó Ortuzar con la bodeguilla de Aurrekoetxea y cambiaron las cosas con la obsesión de eliminar dos generaciones de alderdikides. Lo transformaron en un PNV que ha acabado siendo usufructuario de todo el entramado institucional, que lo ocupa hasta en sus últimos alvéolos. Ad intra, sin embargo, no pueden evitar sus tendencias oligárquicas, favorecidas por el propio diseño vertical de las listas electorales a partir de la elección de su sumisa cabeza de lista por los afiliados, al giro cesarista de su dirección.
Y cuando las carreras políticas dependen de los de arriba, la disciplina acaba sustituyendo al debate y se prima la lealtad al mérito. Bajo esas condiciones, las llamadas a "prietas las filas” cuando asoma la corrupción impiden la exigencia de responsabilidades internas con el consiguiente intento de encubrir cuando no banalizar los escándalos. Con todo, aquello que no le dio tiempo a ver a Pradera, la fiera polarización en la que ha caído el sistema de partidos, ha introducido un elemento nuevo cuyo impacto potencial sobre la evolución del enjuiciamiento popular de la venalidad política es todavía imprevisible.
Me refiero a la sospecha de falta de imparcialidad e independencia del sistema de la justicia, aquí y en Madrid, ya se trate de aquella parte más subordinada al poder ejecutivo, la Fiscalía, como de los propios jueces, acusados de una politización flagrante.
La última encuesta sobre política publicada solo puede llamar al desánimo y exige una reflexión colectiva en profundidad. Tanto por parte de quienes lanzan irresponsables acusaciones interesadas, como por los miembros del poder judicial, sin excluir a los Medios de comunicación y mucho menos a la cúpula de los partidos a pesar de la sordera, en este caso, de todo el EBB.
La acusación es de una seriedad meridiana. Todo nuestro sistema de controles de la actividad delictiva de los agentes políticos pivota al final sobre los presupuestos del Estado de derecho. Eso no tiene por qué excluir las críticas a sentencias puntuales, pero trasladarlo al sistema como un todo acabaría reduciendo la aplicación de la ley a cargos políticos a mera opinión interesada. El paraíso para quienes se ven afectados por las pesquisas y el infierno para quienes seguimos creyendo en la justicia. No aclarar este problema en una conversación pública serena y responsable acabaría por retrotraernos a los tiempos más oscuros de la democracia. Si es que no estamos ya en el más preocupante de todos.
Y volviendo a las elecciones, descártese lo de "mérito y capacidad" porque para ello ya está Al Capone con su dedo mágico.
¿Cuándo volverá a haber democracia en el PNV?


