domingo, 26 de julio de 2026

NON PLACET HISPANIA (Por Jose Mari Esparza Zabalegi)

No me gusta España, le dijo Erasmo de Rotterdam a Cisneros en 1517. Por otros motivos, a mí tampoco me gusta. Salvos sean los muchos españoles que no pudieron elegir dónde nacer y quedaron atrapados en un Estado-Nación insoportable. Me repugna desde el germen, desde aquella Castilla forjada en luchas fronterizas, por guerreros y señores más dados a hincar espadas que rejos de arado. Los Comuneros de Villalar, desde el patíbulo, fueron los primeros en vislumbrar la esencia de la España que se fraguaba. El gran Cervantes ridiculizó para la eternidad aquella hidalguía castellana, que solo en la guerra y en la caza podían tener ocupación, siguiendo el dogma de Alfonso X el Sabio: “Hombre noble no trabaja; si trabaja no es noble”. Por eso odiaban tanto la hidalguía universal de los vascos, que se ocuparan en cualquier labor, despreciando los oficios guerreros.

Una hidalguía que expolió medio mundo a punta de espada y fuego inquisidor, para que en España nunca se pusiera el sol aunque sus gentes se murieran de hambre y de ignorancia. Lo dijo Machado: “Castilla miserable / ayer conquistadora / envuelta en tus harapos / desprecias cuanto ignoras”. Y Valle Inclán remató la definición de España como tierra de “ladinos, guindillas y fantoches… cuya leyenda negra es su propia historia”.

No me gusta su Monarquía, pútrida donde las haya, ni sus reyes bobos, puteros y codiciosos. Y me dan asco los partidos constitucionalistas que siguen protegiendo al rey de los delincuentes, sin duda porque todos son como él. Al menos a los vascos y vascas nos queda el orgullo de haber peleado con todos los medios por una alternativa republicana. Borbón al paredón, decían antaño.

No me gusta su aristocracia y sus latifundistas, que delatan la falsa revolución liberal española. Siguen en el antiguo régimen. Tierras de señoritos y golfos que se saben intocables, como bien lo demuestran los 37 años que han gobernado las llamadas izquierdas en Andalucía y Extremadura, repartiendo subsidios en lugar de tierra, aumentando el servilismo y finalmente, abriendo la puerta a otras derechas, menos hipócritas. Cambio de caras para no cambiar nada. Tampoco me gustan sus banqueros, que destruyeron todo el sistema bancario vasco, las históricas cajas, y que saben que pueden meter la mano y llevarse miles de millones de los fondos comunes sin que nadie les ponga pega alguna.

No me gustan sus gobiernos, sean de derechas o de sus pretendidas izquierdas. Que un ser repugnante como Felipe González, el señor X, sea el referente de la “democracia española”, lo dice todo de esta. Y como muestra de que los vascos somos, no de otro país, sino de otra galaxia, basta comparar los debates en el parlamento español con los de Navarra o Vascongadas. ¿Alguien imagina a Pradales desgañitado, insultando y llamando “hijo de fruta” a Otxandiano, o viceversa? ¿Alguien imagina a Mertxe Aizpurua acumulando joyas en su casa? ¿Cuánto duraría Otegi en su cargo si dejara su casa en el casco viejo de Elgoibar y fuera a vivir a un chalet de Neguri, como hizo en Madrid la principal promesa de la izquierda alternativa española?

No me gustan ninguno de los poderes del Estado. Asquea su judicatura prevaricadora, que tan bien retratara el juez Joaquín Navarro. Si un juez como Garzón, con cientos de torturados bajo su mando, es hoy día el referente de la memoria y defensa de los derechos humanos, indica que en España ponen zorros a cuidar las gallinas. Y si el juez que vio impasible la cabeza deformada de Unai Romano es hoy día Ministro del Interior, es como para exiliarse de ese país de verdugos.

No me gusta su Guardia Civil, digna sustituta de la Inquisición, quintaesencia de lo español; Estado dentro del Estado; perseguidora de paisanos desde el día de su fundación. Es un orgullo que todavía sea más fácil encontrar un japonés en sus filas que un vasco, ni siquiera de UPN. Y es que, como decía Lorca, ellos “tienen de plomo las calaveras”. Y aquí, por suerte, las tenemos normales.

No me gusta su Ejército, entrenado durante siglos para matar vasconavarros, catalanes, mambises, tagalos y rifeños, y para ahogar en sangre las esperanzas republicanas de su propio pueblo. Me repugna hasta la cabra de la Legión y me enorgullece vivir en Euskal Herria, el pueblo menos militarista de Europa.

No me gusta su Iglesia, hipócrita y pecadora, de gordura mórbida a base de tragar bienes públicos, aunque avergüence hasta la náusea a los verdaderos cristianos. Los obispos españoles no tienen más Dios que el Dinero. A la chita callando, inmatricularon todo el patrimonio vasco y español, a 25 euros cada basílica, amparados en el decreto, casi secreto, de un gobierno del PP que el mismo PP retiró al ver que el escándalo era insostenible. El PSOE llegó al poder prometiendo resolver el entuerto, claramente inconstitucional, pero transó de inmediato, dejando el robo impune. El PSOE, de nuevo, sostén de la España Negra.

No me gusta un país que haya tenido a siervos como Savater y Juaristi como referencias intelectuales e ignora a los Joxe Azurmendi porque nunca acudió al pesebre español. No me gusta una España cuyos hijos más preclaros, como José Bergamín, Eva Forest o Alfonso Sastre vinieran a exiliarse a Euskal Herria y morir, “aquí y ahora, para no darle a mis huesos, tierra española”. Como ellos, Cervantes, Quevedo, Valle Inclán, Machado o Lorca, tendrán siempre un sitio en nuestras bibliotecas, como están en nuestros corazones todos los españoles fusilados y perseguidos por oponerse a esta España de trileros, tricornios, trono y altar. Españoles que, quizás en el último momento, se dieron cuenta de que el gran Castelao tenía razón cuando dijo que España no será nunca roja, ni laica y republicana mientras no la rompamos. Después, si procede, ya nos uniremos, pero con otras ligarzas que no sean la fuerza bruta, la sinrazón y el artículo 155. Lo escuché una vez en un mitin del Sindicato de Obreros del Campo Andaluz, en apoyo del independentismo vasco y catalán: “Cuanto antes sean ustedes libres, antes lo seremos nosotros”.

No me gusta su “pan y circo” futbolero, opiáceo para olvidar toda la miseria anteriormente citada, ni sus masas de homínidos gritando “Yo soy español, español…” como antaño gritaban “¡Vivan las cadenas!”. A tales masas, tales dirigentes. Y viceversa.

Por suerte, el sentirse independentista ayuda a soportar el telediario de cada día y el oprobio del carnet del Reino de España que todavía debemos llevar en el bolsillo. No y no. Non placet Hispania.

1 comentario:

  1. Menos meternos con los vecinos y más construir una identidad propia y atractiva.

    Veo demasiado resentimiento y hasta complejo en última instancia en los últimos tiempos.

    Pregunta: el PNV o las instituciones vascas ha creado una inercia que nos acerca más a nuestra independencia o, al menos, en ilusionar con el proyecto de Euskadi como futuro Estado y actual nación?

    Creo que más bien lo contrario.

    Menos meterse con los españoles y más mirar quién eres tú y que estás haciendo.

    Nada.

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